LA VIDA EN UNA CELDA MÁS GRANDE

En un tiempo donde la libertad se sacrifica en nombre de una supuesta seguridad. Donde las cámaras de vídeo llenan nuestras calles y los policías son descontrolada legión. Donde unos medios de información alarmistas y amarillistas llaman al encerramiento masivo. Donde hay más presos que nunca y la única solución bien vista hasta para el crimen más inofensivo es la prisión. Donde se propone endurecer las penas a menores y el regreso de la cadena perpetua. Pero, sobre todo, en un mundo de almas encadenadas a hipotecas y contratos basura. De gente encerrada en un mundo de incomunicación y miedo… En este tiempo no es de extrañar que se vuelvan a poner de moda las películas de cárceles. Género claustrofóbico y ocasional donde los haya, el cine carcelario ha dado grandes joyas de cine. El éxito reciente de las películas Celda 211 (Daniel Monzón, 2009), gran ganadora de los Goya, y la excepcional Un Profeta (Jacques Audiard, 2009) son muestras aisladas del renacer de un género aislado.
Las prisiones han sido caldo de grandes momentos cinematográficos. Podemos encontrar cárceles en géneros tan dispares como el musical, El Fantasma del Paraíso (Brian de Palma, 1974, la comedia, The Blues Brothers (John Landis, 1980), la ciencia ficción, La Naranja Mecánica (Stanley Kubrick, 1971) o el cine negro, Uno de los Nuestros (Martin Scorsese, 1990). Pero más allá de apariciones en escenas esporádicas trataremos en este artículo de películas que desarrollan la mayor parte de su argumento entre rejas, de otro modo la lista sería inabarcable.
Las primeras películas a rescatar son melodramas ambientados en prisión con bastante moral en contra de los malos hábitos que llevan a estar en prisión y ambientación de cine negro. Como en muchos otros géneros, Howard Hawks fue el pionero con The Criminal Code (Howard Hawks, 1931), primera película en la que aparecía Boris Karloff, a la que seguirían dos versiones de San Quentin (Lloyd Bacon, 1937), la primera, con Humphrey Bogart, y la inferior San Quentin (Gordon Douglas, 1946).
La primera obra grande carcelaria es Quiero Vivir (Robert Wise, 1958), denuncia adelantada a su tiempo de la pena de muerte, con una magnífica actuación de Susan Hayward. A raíz de esta joya el género carcelario adquirirá en muchos títulos características de reivindicación social.
La gran cinta en Europa es la francesa La Evasión (Jacques Becker, 1960), obra maestra y legado de su director y exhaustivo relato de la fuga de una prisión.
En El Hombre de Alcatraz (John Frankenheimer, 1962) el género adquiere un tono pausado para contar la historia real de un preso, interpretado por Burt Lancaster, que se convierte en prisión en un ornitólogo de fama mundial.
La Gran Evasión (John Sturges, 1962) es el ejemplo por antonomasia de la adaptación del género carcelario al escenario bélico. Un clásico del cine de acción, con Steve McQueen en uno de sus papeles legendarios, que se convertiría en obra de referencia para muchas otras, aunque el cine bélico cuenta con grandes historias desarrolladas en campos de prisioneros, como la magnífica Traidor en el Infierno (Billy Wilder, 1953) o la oscarizada El Puente Sobre el Río Kwai (David Lean, 1957), también con William Holden y un enorme Alec Guinness. En el apartado de cine internacional, la japonesa No Hay Amor Más Grande (Masaki Kobayashi, 1959), primera parte de la trilogía La Condición Humana, es todo un canto no violento de la que beben demasiado películas como La Chaqueta Metálica.
El western también nos ha dado ejemplos de ambientes carcelarios, sin ir más lejos uno de sus clásicos, Rio Bravo (Howard Hawks, 1959) se desarrolla en la celda de una oficina del sheriff. Ese leit motiv se repite en muchas películas del oeste, pero si hablamos de penitenciarías clásicas recomendamos revisar El Día de los Tramposos (Joseph L. Mankiewicz, 1970), que a pesar de ser una de las películas más mediocres del director de Eva al Desnudo y La Huella sigue siendo una curiosa mezcla de géneros (comedia, western…) y cuenta con un reparto excepcional (Kirk Douglas, Henry Fonda, Warren Oates…).

Stuart Rosenberg se convertiría en uno de los directores que mejor supo trasladar el ambiente carcelario al cine, añadiendo a películas entretenidas y emocionantes las dosis justas de crítica social. Sus dos grandes aportaciones son La Leyenda del Indomable (Stuart Rosenberg, 1967), uno de los papeles más recordados de Paul Newman, y la estupenda Brubaker (Stuart Rosenberg, 1980) con el colega de Newman, Robert Redford, tomando el relevo como alcaide de una cárcel corrupta. Ésta última tiene el aliciente de ver el primer papel de Morgan Freeman.
Otro subgénero a considerar son las películas ambientadas en psiquiátricos, donde brillan joyas como Corredor sin Retorno (Samuel Fuller, 1963) o Alguien Voló Sobre el Nido del Cuco (Milos Forman, 1975).
Papillón (Franklin J. Schaffner, 1973) es otra de las cumbres del cine carcelario, con Steve McQueen de nuevo y un glorioso Dustin Hoffman que consiguen una química maravillosa en esta historia real de fugas imposibles.
En el otro extremo está El Expreso de Medianoche (Alan Parker, 1978), cinta con guión de Oliver Stone que hizo peligrar las relaciones institucionales entre EEUU y Turquía por dar una visión casi masoquista de las cárceles turcas.
Fuga de Alcatraz (Don Siegel, 1979) fue la quinta colaboración entre Clint Eastwood y el infravalorado director de Harry el Sucio, y en la práctica una de las mejores cintas de acción ambientadas en una cárcel. Una joyita entretenida y emocionante con muchos de los clichés que luego repetirían otras cintas hasta la saciedad.
Bad Boys (Rick Rosenthal, 1983) supuso el descubrimiento de Sean Penn y es una historia de adolescentes en prisión. Por otro lado contiene uno de los mayores gazapos de la historia del cine, ya que en la pelea final podemos ver durante bastantes segundos a un equipo de grabación entero.
Más de lo mismo, Encerrado (John Flynn, 1989) hecha para lucimiento de Sylvester Stallone y Libertad para Morir (Deran Sarafian, 1990), idem para Jean-Claude Van Damme, representan lo peor del género. Un montón de tópicos y situaciones repetidas con mucha venganza y palizas entre medias, propias del cine de acción musculoso de los 80.
En España, Todos a la Cárcel (Luis G. Berlanga, 1993), fue la traducción del género esperpéntico y coral de Berlanga al mundo del presidiario. Una comedia muy inferior a las obras maestras del director.
Cadena Perpetua (Frank Darabont, 1994) supuso un acercamiento sentimental a la prisión, con denuncia de por medio y muchas buenas intenciones. El mismo director volvería a adaptar a Stephen King en la inferior La Milla Verde (Frank Darabont, 1999). La cárcel había adquirido para entonces un halo de redención en obras como las mencionadas o American History X (Tony Kaye, 1998), en la que Edward Norton superaba su racismo entre rejas. También con Norton y ese tufillo redentor, La Última Noche (Spike Lee, 2002), cuenta con una perspectiva interesante al narrar las últimas veinticuatro horas de un hombre que va a ingresar en prisión. Por otro lado las taquillas seguían agradeciendo las historias de encarcelamientos injustos basados en casos reales, como Huracán Carter (Norman Jewison, 1999).
Una de las joyas recientes es Big Bang Love, Juvenile A (Takashi Miike, 2006), una cinta perversa y poética a partes iguales que bebe del mejor surrealismo de su genial director, el japonés Takashi Miike.
Dos cintas como Leonera (Pablo Trapero, 2008) y El Patio de mi Cárcel (Belén Macías, 2008) han servido recientemente para dignificar el cine de mujeres presas, un subgénero que tradicionalmente sólo se utilizaba con fines eróticos como en las cintas de sexploitation Women in Cages, Correccional de Mujeres o Un Macho en una Cárcel de Mujeres, en las que las mujeres en prisión vestían camisetas ceñidas y gustaban de azotarse en pleno éxtasis masoquista.
Los últimos hallazgos de este cine marginal han sido auspiciadas por el gran éxito en televisión de Prison Break, una serie que resume en su primera temporada lo mejor del cine de acción de ambiente carcelario para perderse en sus siguientes temporadas en el limbo. Celda 211 cuenta con unos enormes actores para levantar una historia anecdótica con ciertos tintes de crítica social. Mientras tanto, Un Profeta es la última gran obra a tener en cuenta en el cine de cárceles. Una obra épica que recoge lo mejor del género enfrentándolo al cine negro clásico y a la poesía del cine europeo. Una obra imprescindible.
Mientras esperamos la siguiente cinta de presos, quedémonos con su sabroso mensaje. Siempre hay celdas más pequeñas y cadenas más prietas que las nuestras. Pero algunos espectadores no se contentan con eso… y preparan su fuga.