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MUSICALES DESQUICIADOS!!!!!!

El género musical es la esencia del llamado séptimo arte. Lo es desde la llegada del sonoro, cuya primera película, The Jazz Singer (1927) era un musical. Pero incluso antes, con el cine mudo, las salas precisaban de un pianista que acariciase las imágenes con música para ayudar al espectador a introducirse en la historia. El género musical, heredero directo de las viejas sesiones del vaudeville, ha permanecido durante décadas como sinónimo del cine como evasión. De este modo las guerras o crisis económicas han funcionado como enormes catalizadores del género, ya que en estos momentos el público necesitaba olvidar sus terribles y grises cotidianeidades para sumergirse en la magia del cine. El musical ha dado grandes obras al cine. Cantando Bajo la Lluvia, West Side Story o Calle 54 prevalecen, entre muchas otras, como obras maestras. Pero también ha dado muchas rarezas dignas de mencionar como algunas de las películas más extravagantes o curiosas jamás realizadas.
LOQUILANDIA (Hellzapoppin, 1941) de H. C. Potter
Más loca y surrealista que cualquier cinta de los Hermanos Marx, esta genialidad merece estar en el podio de las películas más desquiciadas de todos los tiempos. Tan adelantada a su tiempo que cuarenta años después Aterriza Como Puedas copiaba alguno de sus gags. El comienzo es uno de los números musicales más salvajes de la historia del cine, con demonios azotando infieles y diálogos de manicomio. Las canciones del resto de la película tienen gancho, pero lo mejor viene al final, con un hombre que carga un árbol, el monstruo de Frankenstein, hombres sin piernas, piernas sin hombres, número del oeste, ballets y lo más zoofílico que he visto en pantalla, caniches que se deslizan por la entrepierna de acróbatas. Si sigues cuerdo al final, ésta es tu lista.
UNA CABAÑA EN EL CIELO (Cabin in The Sky, 1943) de Vincente Minelli
La primera obra del genio de la Metro, Vincente Minelli, fue una película minoritaria, dirigida al público negro. Presenta estereotipos bastante simples de los afroamericanos, propios de la época, y se basa en una mitología cristiana bastante plana. Aparte de eso es una joyita a recuperar, con escenas delirantes y una deliciosa Lena Horne ejerciendo de tentadora (encima de afroamericana, mujer, doble estereotipo). Pero lo mejor es la aparición de dos grandes del jazz como Duke Ellington y Louis Armstrong, que hace de diablo.
UNA RUBIA EN LA CUMBRE (The Girl Can’t Help It, 1956) de Frank Tashlin
Protagonizada por Tom Ewell, el marido tentado de La Tentación Vive Arriba y esa mezcla mitómana y pechugona de Marilyn Monroe y Sleepy Hollow que fue Jayne Mansfield, y comandada por el director de la mayoría de las películas de Jerry Lewis, si por algo es conocida esta comedia es por contar con la presencia de algunas de las mayores estrellas del rock’n’roll de los cincuentas. Entre ellos, Gene Vincent, The Platters, Fats Domino, un exultante Eddie Cochran y la reina del rock’n’roll, Little Richard, con algunas de sus mejores canciones.
LAS SEÑORITAS DE ROCHEFORT (Les demoiselles de Rochefort, 1967) de Jacques Demy
El francés Demy fue el gran renovador del género musical con su obra maestra de 1964, Los Paraguas de Cherburgo, donde todos los diálogos eran cantados, de la primera a la última línea. Con su segunda incursión en el musical quiso homenajear al musical americano, con escenarios warholianos y la música de Michel Legrand funcionando como el hilo a seguir de esta ópera ultra-pop. En el reparto repite Catherine Deneuve junto a su malograda hermana Françoise Dorléac, muerta en un accidente tras el estreno de la película. Entre los ilustres invitados encontramos al maestro Gene Kelly y a George Chakiris, el inolvidable Bernardo de West Side Story.

DAME UN POCO DE AMOOOR (1968) de José María Forqué
Decir que Dame un Poco de Amooor es la Help española sería pasarnos un poco. Ni Forqué es Richard Lester ni los Bravos son The Beatles. Pero sí hay una lectura castiza y casposa de la genial y surrealista película de los Fab Four, con numerosos puntos en común, como la estética comic o las referencias a Fu-Manchú. El resultado es un batiburrillo yeyé, con Tip y Coll como ilustres invitados y una genial escena final de animación en que Mike Kennedy y sus secuaces son superhéroes que luchan contra ogros mientras cantan una de sus mejores canciones, Bring A Little Loving.
LA LEYENDA DE LA CIUDAD SIN NOMBRE (Paint Your Wagon, 1969) de Joshua Logan
Esta película fue un rotundo fracaso en taquilla en casi todo el mundo. Curiosamente en España tuvo un seguimiento arrollador, llegando a reponerse en los cines durante años. Muestra de la megalomanía a la que llegó el género en los sesentas, a punto estuvo de hundir a su productora, siendo uno de los mayores fiascos de la historia del cine. Pero, dejando los números a parte, la película es un western musical deliciosamente amoral, donde Lee Marvin y Clint Eastwood cantan, ¡con sus propias voces! Una joya que hace de sus mayores defectos sus mejores virtudes. Por cierto que su director ya había probado anteriormente el musical con otro título desquiciado, Camelot (1967)
EL FANTASMA DEL PARAÍSO (Phantom Of The Paradise, 1974) de Brian de Palma
Un año anterior a la mucho más conocida (e inferior) The Rocky Horror Picture Show, El Fantasma del Paraíso es la obra cinematográfica definitiva del glam rock. Con un relato que bebe tanto de El Fantasma de la Ópera y Fausto como de los shows de Alice Cooper en los años 70, esta joya se convierte en las manos de un joven Brian de Palma en una delirante pieza pop llena de momentos inolvidables. El villano está inspirado en el tiránico productor Phil Spector, interpretado por el compositor de su estupenda banda sonora, el diminuto y siniestro Paul Williams, intérprete y compositor de canciones para los Carpenters y los Teleñecos, entre otros (si eso no es siniestro, ¿qué lo es?).
LENNY (1974) de Bob Fosse
Lenny es un musical. Bueno, mucha gente podría discutir eso. Porque de hecho es un musical sin canciones. Pero el director es Bob Fosse, antiguo coreógrafo y director de joyas como Cabaret o All That Jazz, y de hecho estructura la película como si fuese un pieza del género, con los monólogos de Lenny Bruce ejerciendo de interludios musicales. De ese modo, este biopic del terrorista del humor se convierte en una película más musical que la mayoría. Un relato siniestro capaz de mirar a la cámara y mostrar entre luces y sombras de un apabullante blanco y negro sus mejores virtudes y mayores hipocresías. Y cuenta con una de las mejores interpretaciones del monstruoso Dustin Hoffman.
NEW YORK, NEW YORK (1977) de Martin Scorsese
Scorsese, apasionado cinéfilo, quiso homenajear a los musicales de la Metro con esta obra. De hecho su protagonista, Liza Minelli (por entonces pareja sentimental del director italoamericano), es hija de uno de los mitos del musical, Judy Garland. Pero le dio su toque. El resultado es una película tan genial como extraña, que mezcla a partes iguales la historia musical de los años 40, con el ocaso de las big bands y el surgimiento de los vocalistas estrella y el be bop, con la amargura de las relaciones tormentosas propias de películas del director de Toro Salvaje. Liza se sale, y su New Yok, New York (el original) es algo que nunca pudo igualar Sinatra. Y el metódico Robert De Niro consigue dibujar un personaje desagradable pero encantador, y aunque no suena su saxofón en la película, sí llegó a aprender a tocarlo, como buen hijo del actor’s studio.
SGT. PEPPER'S LONELY HEARTS CLUB BAND (1978) de Michaerl Schultz
Con la escusa de hacer una película con canciones de The Beatles se juntaron The Bee Gees y la superestrella de los setenta Peter Frampton en uno de los proyectos musicales más bizarros de todos los tiempos. En su reparto encontramos a actores como Steve Martin o Donald Pleasance junto a bandas como Aerosmith, Alice Cooper o Earth, Wind & Fire. Algunas actuaciones, como la del colaborador de los Beatles Billy Preston, son buenas. De otras mejor no hablamos. Por ahora nadie se ha atrevido a editarla en dvd.
EL MAGO (The Wiz, 1979) de Sidney Lumet
Que alguien me explique cómo un director del prestigio de Sidney Lumet (Doce Hombres sin Piedad, Tarde de Perros, Network…) acabó dirigiendo la versión Motown, y por tanto negra, del Mago de Oz. El resultado es toda una rareza kitsch al servicio de una Diana Ross demasiado entrada en años para hacer creíble su Dorothy, un Michael Jackson haciendo un espantapájaros más saltimbanqui de lo habitual y Richard Pryor como el Mago de Oz.
XANADU (1980) de Robert Greenwald
Considerada una de las 10 mejores peores películas de todos los tiempos por los fundadores de los premios Razzie. También tiene el honor de haber recibido el primer premio Razzie al peor director. Entre sus virtudes, haber juntado a Olivia Newton-John, que probó la amargura del fracaso tras el boom de Grease, y a Gene Kelly, en su desafortunada última aparición frente a las cámaras. La música la puso el grupo ELO y los bailarines van sobre patines, ¿alguien da más?
PADRE NO HAY MÁS QUE DOS (1982) de Mariano Ozores
A alguien se le ocurrió la genial idea de hacer una película de Pajares y Esteso para todos los públicos, y para ello les unieron a Tito y Piraña, de Verano Azul, a la irritante estrella infantil Chispita y al perro pulgoso de las películas de Parchís. Por si la mezcla no fuera lo suficientemente explosiva, aparecen en un número vestidos de Frankenstein e Igor, y en otro de macarras con el grandioso tema Colega, Mola un Montón. Para salvaguardar la moral de los infantes no hay protuberancias mamarias a la vista.
FORBIDDEN ZONE (1982) de Richard Elfman
Esta rareza cuenta las visicitudes de un mondo subterráneo al que se llega por un conducto digestivo, poblado por una rana con forma humana, una sádica ninfómana, un par de hermanos salidos de Los Tres Chiflados y un enano libidinoso como rey. El resto son canciones desquiciadas de Cab Calloway y mucha mala baba underground. Es la opera prima de Richard Elfman, hermano del famoso compositor de las películas de Tim Burton, Danny Elfman, quien aparece en la película como demonio junto a su grupo de entonces, los Oingo Boingo. Pero el gran protagonista es el enano Hervé Villechaize, compañero de Christopher Lee-Scaramanga en la película Bond El Hombre de la Pistola de Oro y el doble de Felipe González a quien Javier Gurruchaga le hizo una famosa entrevista televisiva ochentera.
LA FELICIDAD DE LOS KATAKURI (Katakuri-ke no kôfuku, 2001) de Takashi Miike
La obra musical del milenio, dirigida por el director más radical, el japonés Miike, autor de genialidades extremas como Dead Or Alive o Gozu. Una mezcla llena de sorpresas entre Sonrisas y Lágrimas y La Noche de los Muertos Vivientes en la que no faltan luchadores de sumo pederastas, números musicales al estilo Hollywood, animación gore y hasta una canción de karaoke.

KEITH MOON

La sabiduría de los antiguos les hizo discernir una división necesaria para el orden y buen funcionamiento del sistema social. Dividirían el año en meses apolíneos, dedicados a la razón y el orden, al cultivo de lo correcto, y meses epicúreos, consagrados a la exaltación de lo mundano, al culto al placer y lo terreno. Venecia, una nación que pasó mil años sin guerras, supo trasladar ese orden gracias a la invención del carnaval, donde durante tres meses se preparaba, realizaba y descansaba de un baile agotador de máscaras y todo tipo de desenfrenos. Estas catarsis sociales, donde las reglas de lo establecido perdían su sentido para dejar paso a lo prohibido, eran una necesaria válvula de escape de las poblaciones. Y como dice el dicho, ningún hombre es una isla, así ocurre con tantos adoradores de Apolo que tras una vida dedicada al orden se levantan una mañana y van con un rifle al McDonalds más cercano o masacran con silenciosa crueldad a toda su familia, ante el estupor de sus vecinos cercanos. Y luego está el caso contrario, claro. Sin ser tan común, hay seres dedicados enteramente al culto a Epícuro, como el caso que nos ocupa. Esta semana se cumple el treinta aniversario de la desaparición de uno de los personajes más dementes y excéntricos que ha dado la escena, ya de por sí demente y excéntrica, del rock'n'roll. Keith Moon, batería de uno de los mejores grupos de rock de todos los tiempos, The Who, pasará a la historia por ser uno de los mejores músicos de todos los tiempos. Y también por ser un lunático incontrolable cuyas hazañas son incontables. Hazañas que finalmente se lo llevaron de este mundo. El 7 de Septiembre de 1978 ingirió 32 pastillas de un medicamento para alcohólicos.
Moon pasaría a la fama por ser el batería de uno de los grupos puntales del rock. Y su actitud vital, hiperactiva y autodestructiva, era perfecta para The Who, que con su actitud y estilo querían demostrar que eran el grupo más ruidoso y rompedor de la historia. Frente al estilo callado y casi autista de John Entwistle, uno de los mejores bajistas de la historia, y el estilo folclórico del vocalista Roger Daltrey, con sus piruetas con el micrófono, Pete Townsend y Moon se dedicaban a destrozar sus instrumentos, en un ejercicio catártico que hacía las delicias de la audiencia.



Pero Moon es particularmente recordado por sus gamberradas y batallas fuera del escenario. Uno de los mayores bebedores del Rock, formaba un siniestro trío de alcohólicos junto a sus amigos Ringo Starr y Harry Nilsson. Las sustancias con que Moon llenaba su cuerpo, mezcladas con su personalidad bizarra, generaban una explosiva mezcla. Maestro de la charada, a Keith le encantaba aparecer disfrazado (solía disfrazarse de Papa antes de entrar en su club de alcohólicos) y hacer mucho ruido en cada una de sus apariciones, llegando al nivel de ser precedido por su fama y tener que superar su propia leyenda destructiva en cada nueva aparición. La cadena hotelera Holiday Inn llegó a negar la entrada de forma vitalicia a The Who en sus hoteles debido a los excesos de Moon, habituado a lanzar muebles desde las ventanas y destrozar de todos los modos imaginables las habitaciones, tanto de hoteles como de casas ajenas y propias. Entre las muchas leyendas urbanas que rondan en torno a Keith está el haber metido un Rolls Royce en su piscina o cómo destrozaba los inodoros poniendo petardos. En una ocasión, habiendo abandonado ya su hotel, hizo volver a la limusina diciendo que había olvidado algo. Al regresar, subió a la habitación y tiró el televisor enchufado desde la ventana a la piscina. Seguidamente bajó, subió a la limusina y dijo: "por poco se me olvida". El consumo de tranquilizantes mezclados con alcohol a nivel masivo acabaron por mermar las capacidades interpretativas de Keith. En un concierto de 1973 Pete tuvo que buscar a un batería entre el público que sustituyera a Moon. Su mujer quiso llevar al batería a una clínica para que se rehabilitara de sus muchas adicciones, pero los doctores lo dieron por imposible cuando vieron qué desayunaba: champagne y coñac Courvoisier. Moon era demasiado extremo para esta vida, y acabó consumiendo su existencia dejando un legado musical impresionante y una leyenda turbia pero muy divertida, que incluso inspiró el personaje de Animal, el batería salvaje y encadenado de los Teleñecos. Si finalmente no siguen mi consejo y deciden invitar a Moon a cenar háganme caso, búsquense una segunda vivienda porque poco quedará de la primera tras el paso del huracán Moon.


¡CANTANTES ACTORES! (1)

Hoy ha muerto una de esas figuras oscuras y pintorescas que, sin llegar a ser nunca un músico de primer orden, constituyen la base de la música norteamericana. Jerry Reed, cantante y compositor, consiguió varios éxitos country en los 70 y primeros 80, pero sin duda es más conocido por su faceta como compositor: Elvis Presley grabó dos de sus mejores temas, U.S. Male y Guitar Man, Johnny Cash hizo lo propio con A Thing Called Love y también cantaron temas suyos Brenda Lee, Tom Jones, Dean Martin y Nat King Cole. En los 70, y en paralelo a su carrera musical, Reed participó en varias películas, siendo la más destacable Los Caraduras (Smokey and the Bandit, 1977), en que compartía protagonismo con la estrella del momento, Burt Reynolds. Su última película antes de morir fue El Aguador (The Waterboy, 1998) junto al petardo de Adam Sandler. Con una filmografía de 20 títulos, Reed es un ejemplo de un caso que trataremos en varios capítulos porque hay tela para cortar. Hablamos de los cantantes que se deciden a actuar y probar suerte en el cine. Ya en Mayo de 2008 hablamos de los actores que se animaron a grabar algún disco, y ahora toca la respuesta de los honorables miembros de la industria musical. Y el señor Reed nos obliga a empezar nuestro repaso por la música country.


Jerry Reed (derecha) junto a Burt Reynolds en Los Caraduras

Reed fue un ejemplo a seguir por otros cantantes country y que bebe de los primeros cantantes vaqueros de la televisiones y los seriales matinales del cine. Pero si hay un artista que ejemplifica a la perfección la figura del cantante-actor es Kris Kristofferson. Uno de los grandes renovadores de la escena country a finales de los 60, Kris es un cantante reconocido mundialmente que además es considerado uno de los más importantes compositores del género gracias a temas como Help Me Make It Through The Night o Me And Bobby McGee. Este último tema se hizo mundialmente famoso después de que la genial Janis Joplin lo interpretase. La amistad entre ambos artistas era tan grande que tras la muerte de Joplin por sobredosis en 1970, un desencantado Kristofferson abandonó la música para dedicarse al cine. Desde luego con el tiempo Kris volvió a cantar, pero compaginando su música con una carrera cinematográfica interesantísima.

Kristofferson junto a James Coburn en
Pat Garrett & Billy the Kid del maestro Peckinpah

Hijo de un General de las fuerzas aéreas, Kriss se vio forzado a una carrera militar en la que llegó a capitán, pasando por ser boxeador y piloto de helicópteros. En 1972, y en su segunda película, consigue ya un papel protagonista en Cisco Pike junto a actores de la talla de Gene Hackman y Harry Dean Stanton. El papel de una antigua estrella del rock convertido en traficante le venía al pelo, dados sus problemas con el alcohol, que hicieron que rompiera su matrimonio con la también cantante Rita Coolidge (quien a su vez antes había sido pareja de Leon Russell). Kris era un actor eficiente que contaba con dos poderosas armas a su favor, un físico imponente y una tremenda voz grave. Esto, sumado a su popularidad como cantante, hizo que directores importantes se fijaran en él. Es el caso del maestro del western Sam Peckinpah quien contó con él para que hiciera de Billy el niño en su estupendo film Pat Garrett & Billy The Kid (1973), en el que compartía protagonismo con James Coburn y Bob Dylan en su primera aparición cinematográfica, por cierto que es la película para la que Dylan compuso la maravillosa canción Knockin' On Heaven's Door. Posteriormente Peckinpah le dio un pequeño papel a Kriss en su tardía obra maestra Quiero La Cabeza de Alfredo García (Bring Me The Head Of Alfredo García, 1974), en la que hacía de motero. La última colaboración de ambos fue la mediocre Convoy (1978), una película de camioneros que es de lo peor que realizó Peckinpah.

Kristofferson, de nuevo en Pat Garrett y Billy the Kid, junto a Bob Dylan

Kris tuvo la suerte de trabajar con otro de los grandes directores de la historia del cine, Martin Scorsese, en una de sus primeras películas, Alicia Ya No Vive Aquí (Alice Doesn't Live Here Anymore, 1974), una película feminista y atípica del director que contaba con grandes actores como Harvey Keitel y la maravillosa Ellen Burstyn. La película dio origen a la serie Alice e hizo que Kris saliera indirectamente en una de las obras maestras del cine, Taxi Driver, de Scorsese. En la película Cybill Shepherd le habla de Kris a Robert de Niro (Travis Bickle) y éste le regala a ella uno de sus discos. En 1976 protagoniza junto a Sarah Miles una de sus películas más polémicas, El Marino Que Perdió la Gracia del Mar (The Sailor Who Fell from Grace with the Sea), adaptación de la novela de Yukio Mishima (de quien hablamos el mes pasado, por cierto) en la que impactó tanto su brutal historia como los desnudos integrales de los protagonistas. Kris fue nominado al Globo de Oro por su papel.

Kris protagonizó la tercera (y peor) adaptación a la pantalla de Ha Nacido Una Estrella (A Star Is Born, 1976) tras la imposibilidad de Elvis Presley de participar en ella. Acompañado por Barbra Streisand, la película cuenta la historia de una estrella de rock en declive. Kristofferson mantuvo su carrera cinematográfica durante los años 80 y 90, logrando participar en éxitos como Lone Star (1996), Blade (1998) o la versión de Tim Burton de El Planeta de los Simios (Planet of The Apes, 2001). Kris ha sabido compaginar una sólida carrera musical con una interesante y comercial carrera cinematográfica con casi un centenar de títulos a sus espaldas.


Un Kristofferson ya talludito escucha a la Creedence mientras cura a Wesley Snipes en Blade

Otros artistas del country quisieron dar el salto a la gran pantalla, aunque ninguno con la calidad de Kristofferson. El legendario Johnny Cash participó en algunas películas, siendo especialmente notable el protagonizar junto a Kirk Douglas El Gran Duelo (Gunfight, 1971). Kenny Rodgers también ha participado en numerosas producciones televisivas y Willie Nelson hace frecuentes cameos en películas de gran presupuesto.

Por el lado femenino tenemos a uno de los iconos más reconocibles del country, Dolly Parton, quien ha participado en varias comedias, tanto como actriz como en la banda sonora, más notablemente Como Eliminar a su Jefe (9 to 5, 1980), junto a Jane Fonda, y La Casa Más Divertida de Texas (The Best Little Whorehouse in Texas, 1982) en que se notaba la química con su compañero de reparto, de nuevo Burt Reynolds. En futuros capítulos hablaremos de otros géneros como el pop y el rock que han dado grandes, o cuanto menos curiosos, cantantes-actores.

ISAAC HAYES

Lamentable. Hoy ha muerto una de las últimas leyendas vivas del soul. Y los medios, en su infinita inteligencia, se refieren a él como "la voz de Chef, el cocinero de South Park". Parece que el hecho de que Isaac provocara una auténtica revolución en los años 60 con su revolucionaria forma de hacer soul y que reinventara el mundo de las bandas sonoras en la era de la blaxpoitation es lo de menos, lo importante es que doblara a un dibujo animado. Isaac fue uno de los pilares sobre los que se asentó la discográfica Stax, la mayor representante del soul sureño en los años 60 y 70, sólo superada en popularidad por la todopoderosa Motown. De hecho de Stax surgieron artistas tan míticos como Otis Redding, Sam & Dave o Booker T & The MG's. Hayes era un músico de sesión habitual en las grabaciones de la discográfica, reemplazando al teclista habitual de la casa, el genial Booker T Jones, mientras éste completaba sus estudios. Con el tiempo Hayes empezó a tener más peso en Stax, convirtiéndose en un excelente productor y, junto a David Porter, compositor de algunos de los mejores temas del soul de los 60 como Hold On! I'm Coming, B-A-B-Y o Soul Man.



En 1969 Hayes tuvo oportunidad de grabar su primer disco, Hot Buttered Soul, donde utilizó un estilo nuevo que se conoció como Soul Progresivo, donde alargaba los temas hasta límites insospechados en el soul. El primer disco tenía sólo cuatro canciones, tres de ellas de más de 10 minutos y una titulada Hyperbolicsyllabicsesquedalymistic. Hayes quería llevar al género hasta límites desconocidos, fundiendo rock, soul, jazz, pop y elementos clásicos. Además el estilo vocal de Hayes, con su voz grave, rompía todos los cánones del soul de la era. El primer disco de Hayes vendió más de un millón de copias, una cifra impresionante para el género, y marcó el comienzo de una carrera mítica. Su siguiente paso fue hacer la banda sonora de la película Shaft en 1972, un hito de un nuevo género, la blaxpoitation, un cine hecho por negros y para negros, que narraba historias del guetto en un clima violento y sexualmente desinhibido, y marcó una forma de hacer cine y música en los 70. El tema principal de Shaft de Hayes es probablemente el más popular del género, marcado por el wah-wah de la guitarra, la sección de vientos y la voz de Hayes rapeando. Hayes volvería al género, llegando a protagonizar una película, Truck Turner. En 1972 participaría en el festival negro por excelencia, Wattstax, organizado por Stax como una respuesta negra a Woodstock. Durante el resto de la década el estilo de Hayes fue deribando a un estilo más cercano a la música disco, probablemente tratando de emular el éxito de un artista con un registro de voz parecido, Barry White. La marca del estilo de Hayes sigue presente en la música pop y soul, siendo uno de los grandes renovadores del género.



PROG ROCK IV

En los grupos de Rock Progresivo todo era grandioso (a menudo grandilocuente, para que nos vamos a engañar). Si la música conseguía capturar a las audiencias, llevándolas a un mundo de sonidos desconocidos, sus espectáculos debían ser igualmente mastodónticos. Utilizaban espectáculos de luces, hielo seco, decorados tridimensionales, escenarios giratorios, disfraces y voltajes contundentes para dejar a su público con la boca abierta. La frase de la época es “no se vayan todavía que aún hay más”. Eran tiempos de un Peter Gabriel haciendo teatro, disfrazado y convertido en personaje de Lewis Carroll, de un Keith Emerson torturando su hammond y tocando un ¡piano volador!, de unos Pink Floyd con proyecciones alucinógenas y un Robert Fripp haciendo solos que llevaban al éxtasis o al aburrimiento. Eran tiempos de carpetas de discos fastuosas. De artistas que evolucionaron la imagen del Rock y el concepto de lo que era una portada de un disco, tiempos de las maravillosas y evocadoras portadas de Roger Dean para Yes, de los geniales diseños de Hipgnosis para la discográfica Harvest, de H.R. Giger ilustrando una portada de Emerson, Lake & Palmer. Eran tiempos de directos dobles, en ninguna otra década aparecieron tantos, triples y hasta cuádruples. Eran tiempos de temas de veinte minutos, de músicos autodidactas tremendamente imaginativos. Tiempos de excesos…
Los grupos ingleses fueron sin duda los más imaginativos y los pioneros del género, los que aportaron más fecundas ideas al nuevo estilo. Si bien la psicodelia nació en EEUU, el Rock Progresivo como concepto y movimiento musical nace en Inglaterra. Los pioneros del género son grupos de pop ingleses, cuyo acercamiento a arreglos más elaborados los coloca como punta de flecha del nuevo germen; tanto los grupos consagrados que dieron un paso hacia la experimentación, como es el caso de Cream, The Pretty Things o los Traffic de Steve Winwood, o los grupos que surgen ya con esa inquietud de explorar por nuevos caminos, como The Nice, The Moody Blues o Procol Harum.
Los cinco nombres fundamentales, los grandes grupos del Rock progresivo, son ingleses: Yes, Pink Floyd, Genesis, King Crimson y Emerson, Lake & Palmer. Pero muchos más surgieron a la sombra de aquellos: Atomic Rooster, Renaissance, Gentle Giant, Van Der Graaf Generator, Caravan… La lista sería interminable, pero ellos son los más destacados de un género que representó sus excesos más vergonzantes a mediados de la década. Soy un gran admirador de Rick Wakeman, pero he de admitir que su idea de hacer de la leyenda del Rey Arturo un espectáculo de hielo es demasiado incluso para mentes tan retorcidas como la mía. Poco aportó EEUU al Rock Progresivo, como excepción podemos nombrar a algún grupo americano, como Vanilla Fudge o Spirit, o, al gran inspirador que fue Frank Zappa, que sin ser un artista progresivo supo como nadie fundir esos dos mundos, el rock y el clasicismo, en un mundo musical sin precedentes. Sin duda, una de las imaginaciones más fecundas e influyentes del siglo, y el único artista americano que fue un referente notable para el género.

Zappa fue un referente sobre todo para los músicos de otros países europeos que comenzaron a desarrollar su propia visión del Rock Progresivo, fundiéndola con sus tradiciones musicales y enriqueciendo el mundo Progresivo hasta límites insospechados, con mucho de talento y prácticamente nada de olfato comercial. Puede que debido a las raíces musicales europeas, el Sinfonismo arraigó con fuerza en multitud de países europeos, dando lugar a grupos muy notables en países como Italia (Banco, Premiata Forneria Marconi, Le Orme), Francia (Ange, Lard Free, Magma), Suecia (Samla Mammas Manna), Holanda (Supersister, Focus), Dinamarca (Savage Rose), Grecia (Aphrodite’s Child)… pero si hay un lugar en que lo Progresivo alcanzó un status notable fue en Alemania, donde se convirtió en una forma de expresión autóctona con un nombre peculiar: Krautrock. Esta es su historia… Por algún extraño motivo a varios músicos de Alemania, Austria y Suiza se les ocurrió la genial idea de darnos clases de historia, biología, astronomía, e incluso geología a través de pesadísimos discos conceptuales de Rock Progresivo. La etiqueta que englobó a semejante torrente creativo se denominó Krautrock y si algo hay que admirar de estos “genios” es el tesón con el que pretendían unir conceptos tan apasionantes como el virtuosismo instrumental, el espacio exterior, la música electrónica y Wagner. A finales de los años 60, después de dos décadas en que la música americana había dominado totalmente el ocio de millones de alemanes debido a la semicolonización que sufrió el país con la instalación de bases militares norte americanas tras la II Guerra Mundial y en un periodo en que todo lo puramente germánico era asociado con el nazismo, algunos grupos empezaron a dotar de personalidad propia, es decir, de espíritu alemán, al rock’n’roll. Lo hicieron principalmente a través del sonido que ofrecían los nuevos teclados moog y los sintetizadores. Un sonido solemne, barroco y grandilocuente que se ajustaba perfectamente a la tradición musical de este país. El primer indicio público de que las cosas estaban cambiando fue la aparición en 1968 de dos grupos alemanes en el Festival Essen Song Tagen (dominado tradicionalmente por grupos americanos), eran Tangerine Dream y Amon Düül. En los años siguientes dos sellos, Ohr y Brain, editan discos de nuevos grupos como Ash Ra Temple, Embyo, Guru Guru, Cluster o Neu, y en 1972 ya se había publicado la increíble cifra de 500 discos de rock alemán. Muy pronto todas las grandes multinacionales quisieron contar en sus filas con algún representante del Krautrock y grupos como Passport, Can y Kraftwerk se lanzaron a nivel internacional. La invasión había comenzado.


PROG ROCK III

¡Keith Emerson sobre su piano volador!
La revolución técnica de los instrumentos
Lo normal con los intentos del sinfonismo era caer en la cursilería, y ése fue el destino de muchas de las grabaciones de la época. A raíz de esos errores muchos músicos empezaron a descubrir las posibilidades de concebir la música pop de forma más ambiciosa y muy pronto se dieron cuenta de que sus proyectos no necesitaban para nada tener una orquesta detrás. Sería el segundo paso del Rock progresivo, de poco servía un sinfonismo que no podía llevarse a los conciertos, lo que necesitaban era instrumentos capaces de generar nuevos y más ricos sonidos: teclados capaces de interpretar armonías con la plenitud e intensidad de un grupo de violines o violas o con la misma brillantez que una sección de saxos, trompetas y trombones. No es casual que el Rock Progresivo naciera en esta época, en parte se debe a que los avances técnicos de los instrumentos posibilitaron una mayor experimentación. Antes de 1968 no existía el mellotron ni se empezaban a programar sintetizadores. Por lo tanto para tener sonido de cuerda no había más remedio que contratar cuerda y para que sonaran timbales y trompetas, había que tener timbales y trompetas.
Rick Wakeman
El mellotron, instrumento de teclado similar al órgano, guardaba en si interior cintas pregrabadas con diferentes sonidos ya enriquecidos: al dar a una tecla sonaban una docena de violines, un coro de cincuenta voces, una orquesta completa… Técnicamente era muy limitado porque simplemente reproducía sonidos ya grabados y resultaba poco flexible, pero los sintetizadores lograban descomponer cualquier sonido en sus elementos originales, sintetizándolos, y los reproducían después. El siguiente paso fue generar sonidos inéditos hasta la fecha, al gusto del consumidor. Y pertrechados con este nuevo armamento, los grupos de pop sinfónico agradecieron los servicios prestados a sus orquestas y se lanzaron a la aventura equipados cada vez con mayor bagaje de luces e instrumentos. Empezaba una nueva era.


Jane Seymour - Rick Wakeman

PROG ROCK II

La sociedad de la era progresiva
El nacimiento del Rock Progresivo no fue un hecho casual ni aislado, sino el producto coherente de una evolución musical y social, la de finales de los 60, que permitía por primera vez ese tipo de expresión artística en la música popular. De hecho la era del Rock Progresivo coincide con la muerte de la inocencia y del verano del amor. El sistema utilizó dos armas contra la generación hippy y su peligroso verano del amor, por un lado las drogas vendidas como elemento contra-cultural para destruir el movimiento desde dentro, por otro la publicidad que se le dio al caso de Charles Manson, asesino relacionado con el Rock (como vimos en el capítulo dedicado a Manson en Marzo) culpable del salvaje asesinato de la actriz Sharon Tate, para desprestigiarlo y atacarlo desde fuera. En seguida los medios relacionaron a la familia Manson con la peligrosa amoralidad de los jóvenes rockeros californianos y su “música rebelde”. Era el fin de la inocencia hippy. Esa leyenda negra acompañó al Rock durante los años 70 y 80 (aún se observaban reminiscencias del caso en las restricciones de la era Reagan), ensombreciendo sus logros pero también ayudando a la música a madurar. La mayor diferencia formal del Rock de los 70 es la diversificación en estilos. Los géneros se hicieron casi una bandera para público y artistas, y así nacieron el Glam Rock, el Hard Rock, el Rock Sureño, el Rock Progresivo, el AOR (Adult Oriented Rock), el Punk… Y ningún género de los 70 representa con mayor claridad la continuación de los músicos de los 60 como el Rock Progresivo. Eran un grupo de músicos que se negaron a rendirse ante las nuevas presiones acaecidas en el ocaso del verano del amor.

La historia del Rock Progresivo está muy relacionada con la de las escuelas de arte y las primeras comunas, hervideros culturales donde surgirían muchos de estos talentos. En cierto modo el concepto del Rock Progresivo es uno de los más revolucionarios que se ha atrevido a afrontar la música popular en su historia. Era un intento de nivelar musicalmente las caducas clases sociales desde su base más firme, la cultura. No es de extrañar que desde sus orígenes el Rock Progresivo reivindicara ser música hecha con el cerebro y para el cerebro, una música intelectual (frente al blues que se refiere directamente a otro órgano más… prosaico) que surge del academicismo al encontrarse con la realidad social de una nueva música, el rock’n’roll, o, mejor aún, de los jóvenes roqueros al asaltar las academias de arte. Al contrario que la psicodelia, el Prog no se relacionaba directamente con el consumo de drogas. Por primera vez la imaginación y el querer mirar más allá en el Rock no se veia condicionado a las sustancias alucinógenas… lo que suponía un triunfo para la creatividad y la libertad humanas. El nuevo estilo suponía un asalto a lo que se consideraba comercial en la época, los artistas antepusieron por un breve espacio de tiempo la creación artística al beneficio económico, desafiaba con su larga duración a las emisoras de radio y con su temática, compleja y rebuscada, planteaba al oyente la difícil tarea de pensar más allá de lo establecido. El Rock Progresivo no sólo supuso una revolución como concepto o por las variaciones formales que ofrecía frente a la visión tradicional de la música popular, también introdujo a menudo la crítica social. Los resultados musicales eran variados pero todos compartían un estilo compositivo que permitía a esta música mutar en sonidos muy diversos. Y en el camino de su experimentación el rock progresaría. En adición, la música en sí misma y la sociedad serían transformadas por un prodigioso caleidoscopio musical que nunca sería repetido. Desde ese punto de vista el Rock Progresivo es más que un estilo; es una era revolucionaria, de músicos que cambiaron su sociedad.


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FRANK SINATRA

Vivimos en un mundo de efemérides. Un mundo anclado en el pasado, que idolatra lo muerto. Hace 14 años y 5 días Roger Hering, ciudadano sueco respetado y respetable, miró a su reloj de cuco y descubrió en su interior una gran nada que le dijo que debía ahorcarse en unos baños públicos. Hace 66 años y 6 días, fecha nada casual, Winston Churchill contactó con el brujo Aleister Crowley para que diseñase un símbolo con fuerza mística capaz de derrotar a la esvástica nazi. El símbolo elegido fue la V de Victoria. Podríamos seguir así eternamente, cada día miles de efemérides absurdas. Pero de vez en cuando, una que merece ser recordada. Esta semana se han cumplido 10 años de la muerte de Frank Sinatra. Sí, la muerte, porque en esta cultura morbosa se suele celebrar antes la muerte que la vida, pese a la dificultad que hay luego para mirarla a la cara. 10 años sin el crooner definitivo, el más popular. No fue el primero, título que merecería Russ Columbo, tampoco el clásico, honor que deberíamos atribuir a Bing Crosby. No tenía la voz de Nat King Cole o Tony Bennett, ni el encanto de Dean Martin ni la versatilidad de Sammy Davis Jr.Era bajito, tenía problemas de alopecia y daba la impresión de haber estado desnutrido en su infancia, pero se convirtió en el cantante más popular de la era de los solistas, aprovechando el ocaso de las big bands a causa de las escaseces económicas de los años posteriores a la segunda guerra mundial. Inventó el álbum pop en sus años en Columbia, creando el concepto de LP conceptual, e incluso llegó a ser un buen actor, escogiendo no sólo musicales para sus incursiones cinematográficas, sino papeles arriesgados como el del batería yonki Frankie Machine en El Hombre del Brazo de Oro (The Man With The Golden Arm, 1955) de Otto Preminger. Comenzó a grabar en los años 30 y sus últimas grabaciones seguían vendiendo en 1994 (!), algo que nos da una ligera idea de la longevidad del mito, que aún sigue dando para recopilaciones navideñas, biografías oscurantistas o/y mitificadoras y todo tipo de material más o menos vendible.

La leyenda del crooner es todo un entramado de luces y sombras que van desde el mito de su tabique nasal de plata, causado por sus excesos con la cocaína, sus excesos y gamberradas con el Rat Pack (de las que dimos cuenta en el capítulo dedicado al grupo en Diciembre de 2007) y sus relaciones con las mujeres que llenaron ampliamente las páginas de sociedad de la era, especialmente su amor ciego por la díscola Ava Gardner que le marcó profundamente e inspiró una de sus mejores obras, el disco In The Wee Small Hours, grabado tras divorciarse de la diva. En cuanto a sus relaciones con la mafia darían para varias películas, y de hecho inspiraron buena parte de la película de la mafia por excelencia, El Padrino. Episodios oscuros de la vida de Sinatra como el que Tommy Dorsey vendiera su contrato en exclusividad con el cantante por un dólar y con un cañón de pistola en la boca o como consiguió el papel que le dio el Oscar en De Aqui a la Eternidad (From Here To Eternity, 1953), dieron lugar al personaje de Johnny Fontane en El Padrino, interpretado en el film por un crooner de segunda división como era Al Martino. Sinatra presentó a Kennedy a la que sería su amante, Judith Campbell, cuyas artes amatorias compartiría con el propio Sinatra y el mafioso Sam Giancana, creando un peligroso triángulo de poder gracias a la información que Judith recababa. La mujer quedó embarazada de Kennedy y Giancana le recomendó que abortara. También sirvió de intermediaria cuando Kennedy contrató a la mafia a través de Giancana para matar a Fidel Castro. Una mitología, en fin, digna del hombre que sobrevivió a sus más fuertes y jóvenes competidores, Elvis y The Beatles, llevando al primero al lado oscuro según muchos. Un mundo que ha vivido 10 años sin Sinatra, el capo del pop, tiende a volverse algo más políticamente correcto y definitivamente más aburrido...



PROG ROCK I

Vivimos tiempos grises a nivel musical, de futuro incierto y presente gris, donde lo más corriente es recurrir al pasado, a la recuperación de viejas fórmulas que en su día fueron la gallina de los huevos de oro. En estos días de versiones de Foreigner a cargo de Mariah Carey, de los Bee Gees fusilados por Take That, de los Rolling destruídos por Britney Spears… sólo un género de los 70 (crisol de estilos musicales incomparable, donde explotaron miles de tendencias en poquísimos años) escapa a este revisionismo comercial vergonzante. Todo es repetido y recuperado (en una forma simplista y de menos calidad) para las masas: el punk, el glam rock, la música disco, el pop, el hard rock, el AOR… pero nadie se atreve a abrir la caja de pandora que fue el Rock progresivo. De hecho es un estilo muy desprestigiado: pomposidad, virtuosismo o grandilocuencia son términos recurrentes cuando se habla de él. Cualquier otro género es mínimamente respetado, ¿Cuál es la causa de este maleficio? ¿El punk rompedor de finales de los 70? ¿Las emisoras de radio que no aceptan canciones que superen los cuatro minutos? ¿El fin de la libertad musical en las grandes discográficas, rendidas a los beneficios económicos? Habría mucho que hablar del tema… pero el hecho es que vivimos esta extraña era en que la gente valora a Abba y no a Amon Düül, en que se puede decir sin sonrojarse que eres un fan de los Carpenters, pero tienes que esconder tus discos de Yes en el trastero… Tal vez debamos aplaudir tanta ingratitud, ya que por ella el estilo sigue inmune al revisionismo post-moderno que ha corrompido todo. El Prog sigue siendo Prog, para bien o para mal, los que lo apreciamos lo valoramos por ser una era de avances y excesos sin igual: la era de los Dinosaurios, de los grandes conceptos y los descomunales egos. Durante un breve espacio de tiempo tuvimos la sensación de que la música iba a cambiar el mundo (aunque nadie podía asegurar que fuese a mejor, pero eso era lo de menos).

La que podemos definir como la era más imaginativa del rock, se produjo principalmente en los años 70, aunque los orígenes son debidos a una tardía psicodelia y a la vanguardia underground en el fructífero panorama musical del Londres de finales de los 60, y sus secuelas todavía perduran en diversos estilos… Durante los años 70 un grupo de visionarios quiso llevar el rock hasta sus límites más insospechados; queriendo dar a la música popular el prestigio con el que contaba la música culta, los ingenieros del rock complejificaron su temática y forma alargando su duración formal y dotándola de sonidos inexplorados hasta entonces. Como toda gran historia el Rock Progresivo (o rock sinfónico, como se le conoció en españa) tiene su comienzo. Y probablemente habría que buscarlo en las producciones de Phil Spector, auténticas mini-óperas adolescentes o en Snuff Garrett, uno de los grandes productores juveniles de la Costa Oeste, que supo emplear magistralmente la cuerda en sus grabaciones para Bobby Vee o Johnny Burnette. Pero si hay que señalar un nacimiento del Rock progresivo, habría que situarlo en el Londres de 1967.


El hervidero musical en que se había convertido la segunda mitad de los años sesenta permitía a cualquier músico experimentar en todas direcciones. Las editoras musicales, los promotores y managers estaban buscando nuevas sensaciones y no se atrevían a decir que no a nadie. Si no, ¿quién hubiera aceptado que un grupo como the Moody Blues, que habían tenido un número uno con una canción de tres minutos tocada con sus propios instrumentos, se enfrentara a un disco de 45 revoluciones, monotemático y con una gran orquesta detrás? El hecho es que les dejaron hacerlo y el resultado, Days of Future Passed (Días de un Futuro Pasado) fue el comienzo oficial de una nueva era: la del Rock Progresivo. El disco, editado en 1967, tal vez no hubiera pasado de ser un experimento más de no ser por incluir el éxito Nights In White Satin, pero no fue un intento aislado. De 1967 es también el mítico Sgt. Peppers Lonely Hearts Club Band con el que McCartney (influenciado por el Pet Sounds de los Beach Boys y el Freak Out de Frank Zappa) concibió un disco conceptual en el que destacan los arreglos a lo Schubert de She’s leaving Home. También en el 67 Pink Floyd, un grupo pop que se había convertido en el foco de atención de la escena psicodélica londinense gracias a sus juegos de luces en el escenario, a máquinas de humo, y a temas largos y densos, editan su primer LP. Y en el mismo año Procol Harum adaptan una cantata de Bach y lo convierten en un single de éxito, A Whiter Shade Of Pale. Fue otro de los grandes éxitos de la época y uno de los empujones que necesitaba el estilo para consolidarse. Aun así, los gustos generales fueron por caminos diferentes en los 70 y el trabajo de grupos como Procol Harum o The Moody Blues quedaran relegados a éxitos esporádicos que no influyeron en los destinos del Rock Progresivo.



En realidad esta primera etapa, a la que podemos definir como Pop Sinfónico, fue una prueba de fuego donde el estilo topó con sus primeras limitaciones, como el hecho de necesitar apoyarse de una gran orquesta para desarrollarse en plenitud. Cuesta pensar que los primeros grupos del género se propusieran conscientemente llevar a la música pop hacia nuevos caminos, sobre todo pensando que los grupos vivían de las giras y resultaba económicamente inviable trasladarse de ciudad en ciudad con toda una orquesta sinfónica a cuestas. Posiblemente la obra cumbre de esta primera etapa sea Concerto for Group and Orchestra de Deep Purple, donde el grupo se acompañó de la Royal Philarmonic Orchestra dirigida por Malcom Arnold para interpretar un concierto compuesto por el teclista de la banda, Jon Lord, casi en su totalidad instrumental y compuesto de 3 movimientos. El evento se anunció como el encuentro de dos mundos, el Rock y el clasicismo. Y es que lo importante no era contar con una gran orquesta atrás, sino concebir las obras y desarrollarlas con un nuevo talante que buscaba fundir dos culturas hasta entonces antagónicas. No era sólo emplear recursos orquestales para enriquecer y hacer más variado el sonido, cosa ya habitual en aquella época, sino intentar dignificar el pop añadiéndole elementos tradicionalmente aceptados por la “elite culta”.(CONTINUARÁ)