EL NEGOCIO DEL SÉPTIMO ARTE Y LAS NUEVAS TECNOLOGÍAS

Empecemos con una obviedad. El cine es un negocio. Lo es, pese a la cantidad de autores que proclamen lo contrario. Pese a las ansias de alcanzar un arte inteligible o unas denuncias sociales razonables. Es el negocio del entretenimiento. Y parte de ese negocio parte de hacerlo lo más rentable posible. Gracias a ello los distribuidores pueden cobrar la entrada en cine, después el alquiler, venta de película para su uso privado e incluso venta de derechos para TV. Algo parecido pasa con los formatos para la reproducción en casa, primero fue el VHS (fulminando al BETA), después el fallido Laser Disc, el popular DVD, el renovado Blue-Ray... El objeto es hacernos pasar cuantas más veces mejor por caja. Ante estos usos y abusos tecnológicos por parte de la industria cinematográfica (entre otras muchas) la piratería funcionaba como una especie de Robin Hood que prometía darnos la gratuidad en tiempos de impuestos excesivos. La industria no ha tardado en contestar con una respuesta “novedosa”. Han desempolvado el viejo invento del 3D, dispuestos una vez más a vendernos el mismo anzuelo una vez tras otra. Teniendo en cuenta que el invento de esta ilusión óptica data de 1838 (fue inventada por Charles Wheatstone) y que las primeras películas en 3D (The Power of Love y Movies of the Future) se remontan al año 1922, creemos algo presuntuoso decir que esto es el invento del milenio, y cobrar 3 euros más por entrada por ello. El gran apogeo del 3D clásico se produjo en los años 50, dando grandes películas como Los Crímenes del Museo de Cera, y aplicado sobre todo a la ciencia ficción en títulos menores como Robot Monster o It Came From Outer Space. En aquella época los distribuidores llegaron más allá, ofreciendo salas que vibraban o expulsaban olores que ayudaran al espectador a captar la atmósfera del film. El 3D ha permanecido desde entonces como un reducto minoritario, un invento fallido que producía más dolores de cabeza que sensaciones espectaculares. Hasta la llegada de James Cameron y la renovación de la vieja tecnología en la película Avatar. A raíz del monstruoso éxito de la película muchos han cedido al invento (incluyendo a popes como Tim Burton o George Lucas) y han adaptado sus películas al nuevo formato. El resultado es una nueva moda que durará menos de lo que esperan estos nuevos reyes midas. Una moda que no mejora gran cosa el producto original y sí empeora algunos aspectos (oscurece la pantalla), y que parece destinada a un nuevo destierro tras este nuevo boom.